Ciertamente, tanto agite termina en un cuajar. He ahí el momento para darle jugo. Si es de provecho, se le volverá a sacar.
La idea se afirma, luego se licúa, más tarde lo destilo. Ahora, tengo cuidado, los espíritus pueden confundir. Hace falta olfato para bien catar. Buen catador dice «helo», si tiene cuerpo, o dice «mierda», aun sin ser grosero: lo malo se ha de expurgar (y ojalá todos cataran siempre así).
Luego se embotella (hoy en día gusta y véndese tanto lo malo: es más barato, así que también suele encerrarse). A veces se añeja, y a lo de valor suele hacérsele necesario: no todo paladar de hoy reconoce la ambrosía.
Lo malo suele añejarse unos menstruos (todo sea por las ventas que hoy se hacen en taquillas), dura poco, es poco duro, no resiste al tacto ni al tiempo, sin embargo los bolsillos de unos se revientan.
Pero si era bueno, habrá quien lo digiera y todo volverá a empezar otra vez. Será una cava de cinco mil años de los jugos de una parra de diez mil.
Creo que mi mano _no sé por qué_ puede tranquilizarme. No tengo idea. Soy nuevo en esto de tener un cuerpo y el suyo resulta muy placentero a mi vista, pero hay algo allá abajo bajo presión. Parece que se hunde como una galaxia debido a la densidad de una estrella superenana.
Sé de esto porque andaba antes muy acelerado: algo así como tres por diez elevado a la octava potencia expresado en metros por cada segundo; y me he quedado quieto. La luz y los cuerpos son intraconvertibles. El reposo me ha dado una masa.
¿Le parece a usted curioso, verdad? El que tanto la vida sedentaria como la alta velocidad puedan engordar…
Pero mis sienes y esa cosa allá abajo _no la conozco, no la había notado_ ante la visión de su rostro, señorita, y de su busto, señorita, y de sus piernas, señorita, y de su espalda, señorita, la verdad es que creo que volveré a los dominios de Planck y esos otros señores, señorita.
¿Puede usted detenerme? Quizá su mano me haga inaplicable a la ecuación del judío Einstein y tal vez vuelva a tiempos, a estados más simples, como un protón disociado en el mar durante la era en que Tyor Dyaus al-Lah Watawinewa el que Es sacó a los que solían ser como niños de un lugarcito que podía ser tan placentero como su contemplación, señorita, pero sin la tensión newtoniana sufrida por mi cuerpo _antes libre_ atraído por la gravedad de su presencia, señorita, porque ahora noto que usted, señorita, no sólo cubre el espectro de mi visión, sino que soy capaz de captarla, señorita, en un espectro más amplio: desde las megamétricas longitudes de los sismos, las medianas longitudes de Herr Hertz y las bajas longitudes de Herr Rœntgen, y ya empiezo a notar el alfabeto griego que penetra la carne que obtuve en el reposo y acelera los electrones de valencia, los electrones interiores y separa los nucleones y cambia, cambia, que vuelvo a acelerarme.
Otra vez me alzo hacia la constante representada por el tercer morfema de su cartilla, señorita, y creo que el haberla tenido captada por mis sentidos fue pura ilusión, porque pertenecer a un espectro y tener un pH no la hace real. Pregúntele a Timmy Leary y hasta a ese viejo Herr Freud que dice que usted, señorita, no es sino una creación de mi libido, porque él cree estar cuerdo y sobrio y sus sentidos no la captan, señorita, pero sé que usted más que luz corpuscular u ondulada es más que la luz de la sofía, la gnosis y la ciencia, y aunque no caigo en nuevas eras ni dianéticas, sé que aun así usted puede, señorita, presentarme a Tyor Dyaus el Lah Watawinewa el que Es, porque vale usted más que cualquier conocimiento e/o intuición y usted es el amor que se me niega por la inercia _newtoniana es, pues_ que quiere que me quede en reposo o en movimiento constante, pero no de velocidad c, porque escapa a su entendimiento.
Pero de todos modos no me sirve pues todos quieren que me desplace en un estado lechatelierano, en vez de la contemplación y la sensación de usted, señorita, que es la paz muy movida de Nuestro Señor.
Me levanto del malhadado pupitre. Lo hago de último o de primero, según cómo actúen los demás. Suelo salir de último si es una estampida su salida. Si, por el contrario, están tranquilos (aunque, en realidad, debería decir tranquilas, pues hay una muy pequeña minoría de varones, y de todos modos uno nunca sabe que inclinaciones puedan tener otros), me levanto rápidamente.
Todo esto lo hago para tener el menor contacto físico e intelectual posible con mis compañeras de clase.
Meto mis cosas en el bulto. Éste cuelga de mi hombro, como el fusil de Lenin, y, bueno, directo a la casa, o a dónde se me antoje ir, si mi pequeñoburguesa billetera _no siendo proletaria_ lo permite. Debo tomar esta decisión, pues he salido muy temprano y de todos modos mi mamá no me iría a buscar.
Camino por el largo pasillo y bajo, por las primeras escaleras que encuentro, a otro pasillo (donde hay pasillos solitarios siempre hay más pasillos solitarios: axioma de la beata demi-vierge adoradora de Venus Verticordia), y salgo por el lado de atrás del edificio, oculto a la vista de todos. Como ya dije, busco tener la menor socialización con mis compañeras. Hago la pirueta que siempre hago al pasar por la cuneta que está entre un banco y un pequeño precipicio. Me pregunto, como siempre (sí, confieso, soy nene de rutinas), qué pasaría si diera un mal paso y me cayera por el barranquito. Veamos, no me mataría ni me rompería nada. El barranco no es vertical, sólo casi lo es. La pendiente está entre p/2 y p/4, sin importar el cuadrante, pues éste depende de dónde se ponga el observador. Hay unos seis metros (quizá poco más) hasta el próximo nivel. Cayéndome sólo me llenaría de barro y me rasguñarían las hierbas, arbustos y bambúes que hay hacia abajo.
Esta preocupación es tonta, pues salto por la cuneta en fracciones de segundo, sin ver y sin pensar. De una manera automática debido a la práctica. Creo que es lo que los etólogos llaman programa motor. Suelo confundirme y tardarme más en la pirueta cuando me fijo en hacerla. A resultas que el intelecto _y/o el raciocinio_ (según los ociosos quieran o no quieran hacer distinción conceptual entre estas palabrejas) no es (son) más que un (par de) estorbo(s) (y esto es lo único seguro). Más allá de estorbo: tormento.
Termino de recorrer la grama y bajo las escaleras. Camino por la acera, oyendo como en los días secos y soleados las lagartijas huyen a mi presencia. Por más que lo trato en mi caminar, nunca logro ver ni una sola maldita lagartija.
Cruzo el camino, mirando por costumbre para ambos lados antes (lo cual es inútil, pues es flecha, y, además, la mirada es tan fugaz que sólo el oído me alerta sobre los carros). Me paro, tratando de que sea lo más rápido posible, en la acera.
Saco la cartera y veo cuánto tengo. Unos cuantos billetes de a cinco, diez y veinte, y un billete de a cien. Nada. La decisión se toma sola. Nada de farra libresca. Directo para la casa.
Me apresuro hasta llegar al final de la cola, pues hoy hay cola, no muy larga… me iré en el segundo carrito… y aunque no lo deseaba antes, miro hacia las escaleras que vienen de la plaza central, esperando ver a algunas compañeras de clase que me pidan que les dé la cola, pues ya detrás mío hay una buena cantidad de gente. Pienso esto por pura vanidad, ya saben: que vengan a pedirte el favor de aceptarles junto a uno, que imploren, etc.; pero en realidad prefiero que se mantengan alejadas. De todos modos, no baja por las escaleras ninguna compañera de clase.
Para deshacerme de la mayor cantidad de sencillo posible, saco cuatro billetes de a cinco para pagar. Tengo cinco billetes de a cinco. El quinto me resulta perfecto para pagar el segundo por puesto que tomaré, pues necesito tomar dos carritos. Uno que me lleva, desde el quinto infierno en donde me encuentro, hasta la ciudad. De esta parte de la ciudad tomo otro por puesto hasta unas cuadras más abajo de mi casa.
Se acerca mi turno de subir al carrito. Alargo mi brazo derecho para impedir que vivos y rezagados se me coleen. Fui uno de los primero en subir al por puesto, así que puedo escoger un asiento donde pueda sentarme cómodo, pues pareciera que tales carritos no hubieran sido hechos para personas de más de un metro setenta de altura, y mis rodillas suelen sufrir apretadas contra el asiento delantero al mío.
Uno. Uno bueno. Me caben bien las piernas. Ahora sólo espero que se siente una muchacha bonita a mi lado.
El por puesto se llena. Gente. Más gente. Nadie se sienta a mi lado. Le duele un poco a mi vanidad, pero mi célula antisocial sonríe.
Se aproxima una muchacha bonita. ¡No! ¡No! ¡No lo deseaba en serio! Sólo mis hormonas pidieron una muchacha. Yo no. Creo que me da hasta pena. No me sonrojo, pero se me calientan las orejas. Sí. Tengo pena.
Nervioso, me apretujo contra la ventana evitando el contacto con la jeva. Abrazo mi bulto como una adormilada Gidget a su osito Teddy.
Se monta una poca gente más en el carrito. Tienen que quedarse de pie, y se aferran a los tubos. Arranca el por puesto, y nos largamos.
Agarro los cuatro billetes de a cinco por sus extremos derecho e izquierdo, con ambas manos, Miranda mirándome. Los aliso una y otra vez. Intento alejarme de la muchacha, aunque el rabillo de mi ojo derecho trata de observarla.
La jovencita lleva un bonito vestido.
Por fin, después de un rato (algo así como diez segundos o setenta semanas de años, nunca se sabe con Bergson) olvido a la muchacha y miro atento el paisaje. Es el mismo paisaje que veo cada vez que me voy en carrito, las mil veces que me he ido en ese por puesto, pero no me molesta, pues no me fijo en realidad en el paisaje.
Nos acercamos a los barrios. Vuelve a mi cabeza la noción de que tengo la muchacha al lado. Hay tráfico, como siempre, en la pésima avenida entre los barrios. Se detiene el tráfico por un minuto. La muchacha se muestra algo molesta y su codo toca al mío y a mis costillas. Me pongo más nervioso y me pego más a la ventana.
Nos acercamos al final del viajecito. Aliso de nuevo mis billetes.
Se para el carrito, y en estampida, pagan y se bajan los pasajeros. La muchacha, como yo, prefiere esperar.
¡Listo! ¡A bajarse!
Se levanta la muchacha y de repente observo que, debido a la manera en la que se había sentado, su falda se ha levantado un poco por detrás y se ven sus fondos. Casi se lo hago notar, pero me acobardo. Volteo para no herir a la decencia (hombre, si a tres metros de ti hay otras muchachas con muchísima menos ropa, no seas bolsa…), y vuelvo otra vez mi cabeza para levantarme y pagar. La muchacha ya se había alisado la falda, tal y como yo alisaba mis billetes.
Pago y salto del por puesto, bajo hasta la avenida que atraviesa el este de la ciudad, y sacando mi carnet estudiantil del bolsillo subo a un carrito que me llevará a mi casa.
En la acera está el negro-con-una-bonita-gorra-de-lana-caqui-con-visera-de-cuero-de-color-oscuro que anuncia los destinos del por puesto. Hay también allí siempre un viejito que dice quedamente algunos de los destinos del carrito, pareciera que de manera oportunista, para que el chofer le dé unos cinco, diez o veinte bolívares de propina. Pero el vejete está muy viejo, pues perdería la voz cuando era litigante en los tiempos de Francisco Fajardo y Aldonza Manrique, y bueno, se le dan los billetes aunque casi no haga nada.
No hay muchos puestos en el por puesto. Me voy hasta el fondo, donde se sienta uno muy cómodo, pero que a mis precipitadas salidas siempre resulta una posición engorrosa.
No monta más gente en el carrito y éste arranca. No teniendo gente a mi alrededor, estiro la pierna, meto la mano en el bolsillo, extraigo mi cartera, de la que saco el último (por fin, ¡adiós, Francisco!) billete de a cinco, y guardo otra vez la billetera.
En mi mano, coloco el billete sobre mi palma, y sobre el billete, mi carnet estudiantil, para pagar cinco en lugar de veinte y para que el chofer justifique el subsidio que le da el Estado.
Nos alejamos del pobre y superpoblado extremo este de la ciudad y nos acercamos a los distritos comerciales. En cada parada sube un nuevo pasajero y de vez en cuando se baja alguno. Se suben algunos liceístas, con sus camisas azules, los espantosos peinados de sus hembras, su griterío, sus extrañas narices y su peculiar tono amenazador de voz. Parecen babuinos de los tiempos de Charlton Heston y Nova, monos de nariz estriada con rayas índicas, caminando erectos, sin apariencia barrilesca del tórax mas con hernia umbilical, ladrando algo parecido a lengua indoeuropea matizada en algún dialecto hespérico vespertino con préstamos semitas y uniformización vocálica por contacto con un pueblo de origen incierto y de mala dentadura… dialecto luego importado a tierras donde nada es en realidad autóctono, según el parecer de algunos.
Veo a uno de los carricitos cortejando a una de las carricitas. Se agarra de manera graciosa a la baranda, para provocar que los músculos de su brazo tengan pinta. Las aletas de su nariz se hacen hélices de avión, su ladrido se hace completamente nasal. Con una cultura tan simiesca, el cortejo consiste en demostrar que él es el más muy, la única opción viable en cuanto a los machos en la población. Le señala sus proezas, hincha su pecho, despliega su cola, miren el largo de sus colmillos, es el cacique, el de más canas en la rabadilla. Oigo que en un momento culminante le dice:
_ Yo soy autosuficientemente.
Es tan difícil aceptar esa tragedia como chiste. Pero sea. Me morí de la risa, escondido bajo mi morral. Ay, qué horror, estos primitivos. Degeneramos. Cf. lo que Adán le dijo a Eva al tomarla como esposa en Gén. cap. 2, ver. 23.
El chofer muestra cierto aire de amargura por tener que cobrar menos a estos niños y me siento culpable entonces por ser estudiante y tener que amargar también al nada simpático chofer.
Noto que siempre las viejas, muy viejas, pagan completo su pasaje, cuando creo que el gobierno subsidia a los choferes también los pasajeros mayores de sesenta y cinco. ¡Qué diablos!, pienso. ¡Son sus reales! Sin embargo, ese derroche se vería bien en mi biblioteca.
Ya dentro de los distritos comerciales, dentro de la zona que ya mis zapatos suelen pisar, sucede algo peculiar, pero que por alguna razón siempre pasa. Daría el alma de mi vecino para saber por qué. En fin, siempre en esa misma zona, tengo una erección.
Si es un trauma infantil, un hecho sobrenatural, o una reacción física ocasionada por el bamboleo del por puesto, no lo sé. Pero estoy seguro de que ahí siempre tengo una erección.
No siento ningún deseo sexual y me extraña, lo olvido, y regresa mi amiguito a su estado normal. Luego, como pasó por mi mente la palabra sexo, noto a la gente que se aferra a los tubos del carrito, pienso en sus sublimaciones fálicas y tengo otra maldita erección.
Para justificar las erecciones a mi conciencia, trato de otear la mayor cantidad de megajevas posible. Nunca hay nada verdaderamente merecedor de la erección, así que tengo que justificarme con el morbo de la misma búsqueda.
Ya, unas cuadras después, se me olvida por completo el asunto y voy pendiente de bajarme lo más cómodamente del por puesto.
Llegamos a mi zona, me levanto presuroso, y digo imperceptiblemente al chofer: «Por donde pueda, jefe». De niño oía a mi papá y a otros adultos llamar jefe a cualquiera que estuviera prestando un servicio y siempre quise decirle "jefe" a alguien, aunque esto no significara que quería ser adulto. Bicho raro de esos. Los judíos tienen complejo de auto-odio y los venezolanos de sumisión protocolar. Cualquiera quiere ser del FBI teniendo como enemigo al Chacal.
[_ ¡Sal con las manos en alto, Carlos!
_ Ora, ya voy. No me apure, jefe… ¿quería algo su merced?
Claro, el tipo prefirió irse de por aquí y ya no se somete. No crean que progresó: como se acercó a la tercera gente del Libro, ahora se limpia el trasero con una jarra de agua, y por ello se irrita encerrado entre franchutes que nada saben del uso del vital líquido. Tanto quieren a su Pasteur que son incapaces de separarse de los productos de las levaduras, como si viviéramos en los terribles y sedientos tiempos de Baco… vino, vinagre y aceite… lo demás es lujo y está demás, que lo nuestro es la austeridad de Pascal. Y yo me pregunto si deberíamos considerarlos un Phylum aparte debido a su tan peculiar fisiología].
Le ofrezco al chofer el billete con el carnet por encima. El chofer no mira el billete, pero lo agarra. Ve que el colorado Paco Chabas de Miranda lo mira, ya nota que es de a cinco y no de veinte y se fija en mi carnet. Me pregunta: «¿Te quedas en la entrada?», se me ocurre entender "en la parada" y digo sí, aunque ir de la parada hasta la esquina para subir a mi casa es trecho más largo que desde la misma esquina donde hubiera deseado bajarme. Veo que el chofer acelera y pasa velozmente por la parada y casi grito: «¿A dónde me lleva?», pero no lo hago.
El chofer se para en frente de un corredor entre los parques y pienso: «¿Qué lugar es éste?». Me bajo de un salto del carrito que arranca y se aleja, y vuelvo a pensar: «Yo no conozco esto». Entonces miro hacia arriba y veo los negocios de la esquina de la cuadra al sur de la de mi casa. Caigo en que el chofer había dicho «¿Te quedas en la entrada?» y me maravillo de nunca haber visto ese lugar antes y que era mucho más conveniente y cómodo que la esquina al este del Parque.
Subo las cortas escaleras. Me paro en la acera. Espero que pasen los bólidos de los remedos de Meteoro. Cruzo la calle hacia el norte. Paso sobre la isla. Espero a que pasen más carros. Cruzo la calle, al norte. Camino por la cuadra, hacia el este. Doblo hacia el norte en la esquina. Subo la cuadra. Me encuentro con unos viejos compañeros de colegio. Intercambiamos unos malos chistecillos a modo de saludo. Sigo subiendo por la cuadra. Doblo en la esquina hacia el oeste. Cuidado y dejo el pie atrapado en las alcantarillas. Cruzo la calle hacia el norte. Maldita sea la subidita de esta cuadra hacia el oeste. Doblo en la esquina al norte. Cruzo en la calle, al oeste. Camino en la acera llena de huecos, al norte. Maldita sea, casi me caigo. Meto la mano en el bolsillo. Saco la llave. Me meto en el estacionamiento, hacia el oeste. Abro la reja. Cierro la reja. Abro la puerta. Cierro la puerta. Y estoy en casa.
Mañana, seguramente, haré lo mismo.
Note that a Moorish horse has a shoe exactly like their Jewish friends do. A Christian horse is not shod so Myryam will just let mine rot _the sense of horse you already knew.
In Cracks there was your Fat Boy too. He claimed some Moor roots in Timbuktu. On it he took pride though it dimmed his sight 'cause he had three diopters and not two.
The Jewish girl wanted to shoe his horse and because she couldn't stop feeling some remorse she invited him to her home (and down his cherry would come!). But sadly (for her), Myopia led him to the House of Whores.
She was some kind of resurrected JFKthrowing coups to my Johnson's dismay… She was sort of Booth shooting Abe as Guiteau shot Jim Abe… McKinley's turn's next to fighting Spain.
She was Washington copping the cherries… Docs cutting limbs from civil war's merriest… Guillotines in Paree… a image so it is for using the flint knives in my berries!
Y si otras han habido tras el vidrio, de nada importa eso: es el ahora el campo donde se libra la pasión y eres tú el cristiano lanzado al circo donde el león se enceguese ante su olfato y ahí es llamado sublime el martirio del puro bajo el bruto enfurecido.
Ya en razón, tu rostro no es separado de cada acción y determinación. Eres fin de la creación de un dios erguido sobre las aguas, capaz de fecundar el mar para rendir la vida _su vida_ a tus designios. Un sacrificio de sí, rodearte y fundirse, ser de ti componente y sustancia, extenderte en el cosmos y el cosmos extendido en tu interior, ser todos tuyos, de todos tu ser. Desearía tenerte en mi mano, desearía tenerme en tu seno.
Mi cabeza recostada en tus hombros y mis brazos cubriendo tus espaldas y mis labios surcando tus mejillas, todo un daniel encerrado en tus ojos; tu vientre cubriéndome de calor, tus manos y pies juegan con los míos, están nuestros cabellos confundidos, y aunque todavía hoy no lo conozco, grito entre risas tu nombre: se puede flotar entre las nubes de tus dientes.
Pues mira si me has sacado de mí; a tales horas me has atacado, no sé si serás mujer o pecado. Mis ideas y fuerzas para ti. Y bien sujetarás mis intestinos, jugarás con cada uno de mis ojos y estrujarás éste mi corazón. Será hasta que me lances al olvido y decidas alejarte del vidrio, dejándome conmigo resentido.
Diré: «No tendré nuevos arrebatos, olvidaré seres tan poco humanos».
Los trenes no me molestan tanto. Es más, me gustan si van al aire libre, sobre dos rieles. Los monorrieles son demasiado rápidos y alejados de la tierra, no permiten ni siquiera disfrutar del paisaje, cuando lo hay. Los trenes subterráneos metropolitanos son rápidos, en ellos es aburrida la vista (si se pudiera hablar de una), son colectivos y populares _aunque me parecen más caros de lo debido_.
No me importaría lo colectivo y lo popular: permitirían la observación. Pero su carácter urbano de paradas cortas hace fugaces a las muestras. Además, la iluminación por medio de tubos conteniendo haluros de sodio o mercurio… o lo que sean… es muy desagradable e incómoda para la vista.
En trenes que hacen largas distancias, ferrocarriles, etc., nunca he viajado, no tengo autoridad ni opinión, pero supongo que al final del segundo día uno ya quiere abrirse las tripas con el cuchillo de la mantequilla.
Los trenes interurbanos son interesantes. No los hay por aquí, pero el chiquero ése que es la Florida _otro apéndice (independiente e indiferente) de Venezuela, debo decir_ tiene al menos uno, conectando las "ciudades" (allí se da esa denominación muy a la ligera) desde Miami hasta West Palm Beach, según recuerdo. Fue en el recorrido entre Miami y Hollywood (el de este lado) donde pude por fin empezar a aceptar la realidad de la mentira llamada Estados Unidos de América.
Han estado siempre ahí a la luz, desde luego, la política internacional intervencionista, imperialista, policíaca, etc. _pero dejemos esto de lado_, y la industria del entretenimiento, cuya función es macerar los sesos del público. Me ha costado aceptarlo por la cierta función de Paráclito que ejerce sobre mí la televisión, tan gringa, pero sé muy bien y puedo proclamar que todo es una mentira, todo una conspiración (ya sueno como sus "visionarios").
Gringo bueno muere abortado, puedo decirles.
Pero los lugares donde me ha sido revelada toda la verdad han sido sus librerías: pocas veces me he deprimido tanto.
Sirva de ejemplo: Sintiéndome algo muy mal retemal del estómago, como siempre que estoy allá, entré a una Used Books Exchange Shop, repleta hasta el techo de comics de los X-Men, novelas de Danielle Steel y afiches de Fabio. Entro calladito, no me preocupo por los comics, ya no, me paseo por los pasillos forrados de libros polvorientos. Aquí Sci-Fi, allá Fantasy, Horror, Romance, acullá Westerns, Self-Help, Humor, Non-Fiction, etc., y Best-Sellers intentando penetrar tus poros cada vez que te distraes. ¿Qué se puede encontrar entre tanta mierda? Nada. La poesía es desconocida en esta tienda, aunque en este país cualquiera se dedica a ella profesionalmente, son Walt Whitman y Allen Ginsberg modelos a seguir en la calle, te cambias a T. S. Eliot si te admiten en el campus, si no, no, no se vale, el Diploma de High School no te permite otra cosa. ¿Ciencia? ¿Qué es eso? ¡Vete al MOSI, nerd! Siempre hay uno cerca de ti. ¿Filosofía? En los cafés, prohibido entrar sin chiva o sin candado, Turtle Necks Highly Regarded. ¿Artes? Say, you finally came out! Let's be the best of friends! Let's go together to the San Francisco Gay Pride Parade! ¿Teatro? sí, lo hay, porque lo manda la maestra: es Shakespeare, claro que Shakespeare, pero escondido en Fiction.
Mientras me esforzaba en contener mis tripas, tomé de las estanterías de la mentada categoría (media estantería para Classic y una para Modern) los siguientes volúmenes, escogidos entre los que palurdamente han sido rayados con un ¢50 inmenso en la portada, porque eso es todo lo que me puedo permitir con este dólar a Bs. 500:
* Samuel Butler's Erewhon
* John Bunyan's The Pilgrim Progress
* Lawrence Durrell's Balthazar
o Clea
o The Dark Labyrinth
* Henry Fielding's The Adventures of Joseph Andrews
o Shamela
* Henry James' The Ambassadors
* Norman Mailer's The Executioner's Song
* Bernard Malamud's The Assistant
* Philip Roth's Goodbye, Columbus and Five Short Stories
* William Saroyan's The Human Comedy
* William Shakespeare's Henry IV
o Romeo and Juliet
o Macbeth
o Julius Caesar
o Hamlet
o The Tempest
o Troilus and Cressida
* George Bernard Shaw's Mrs. Warren's Profession
o Arms and the Man
o Candida
o Man and Superman
o The Devil's Disciple
o Caesar and Cleopatra
o Captain Brassbound's Conversion
* Thornton Wilder's Our Town
o The Eighth Day
o Theophilus North
Cuando me acerqué a la caja para pagar, la librera me ve y me dice:
_ Wow! You don't talk too much but you've got your stack there…
Intento fingir una sonrisa. Ella revisa los precios marcados en los libros con marcador indeleble negro y va sumándolos.
_ Wow! You're taking away all of my good stuff.
Si esta mi basura es la mejor entre unos diez mil libros que tienes, mujer…
_ Remember to bring your own so we can exchange…
_ A am quipin ol de clasics.
Y venga dicho eso, oigan esto, get this, lo que me dice ahora, que es a lo que queríamos llegar:
_ Wow! Are you an English teacher?
_ A am no tiben ínglich espíkar.
_ Wow!
_ Ye ye, wow!
_ …But I must tell you that no book is under $1.50.
Vagido vahído. Mira hijo mío que es totalmente verídico.
Basta. Volviendo a nuestros viajes, Mr. Cook:
He hecho alguna distancia en avión, desde pequeñeces como Porlamar-Barcelona (será un vuelo ridículo en avión, pero es travesía terrible en ferry) y de ahí a Valencia (o fue al revés: Valencia-Barcelona-Porlamar… ni idea), los treinticinco minutos-tres cuartos de hora Caracas-Porlamar, las seis horas Caracas-Panamá-México y no recuerdo cuánto durarán Caracas-Puerto Ordaz, Caracas-Miami-Washington D. C., Caracas-Miami-Denver y Los Ángeles-Miami. No será mucha experiencia, e incluso no me da orgullo sino pena, pero puedo decir que los aviones son un asco. Y dejo en mi cabeza lo que son los aeropuertos, no quiero que esto se convierta en reseña de B-Movie.
No hablemos de avionetas: era joven entonces, sólo recuerdo litros y litros de orina (el resto de esa historia no me traumatiza, no me di cuenta de nada… o no me importó darme cuenta, y cuando lo recuerdo, sólo confundo aquella situación con otra que en realidad me pareció agradable… aunque ahora olvide por qué).
Hablemos ahora de viajes en carro. He allí el horror, he allí el dolor. Van desde el ocasional flirteo a la Colonia Tovar, La Victoria, Maracay, Valencia y Puerto Cabello y a veces hasta Morrocoy; pasando por la tradicional corrida hasta Puerto La Cruz, atravesando Clarines, patria chica de nuestro ilustre presidente, Doctor Jaime Lusinchi, para hacer la tremenda cola a ver si Fucho Tovar te quiere vender un pasaje de última hora para el ferry porque no se te ocurrió comprarlo en la sucursal de la Avenida (San) Francisco Solanocon la Avenida Casanova. Si lo consigues, tienes que hacer la cola a ver si te dejan subir y después, de milagro (seguramente no del Solano) se hace la verdadera cola para abordar. Más tarde te pasas de tercera clase a primera, o viceversa: así es la gente de enferma. Llegas a Punta de Piedras y por alguna razón tratas a los ñeros como si fueran analfabetos pre-homininos que aún no conocen ningún método para encender fuego. Cambias de parecer cuando te muestran los lanchones con radar que se han comprado con lo que sacaron de una red el mes pasado.
También está el maratónico y "una vez en tu vida por lo menos" (como si fuera una peregrinación para darle vueltas a la Caaba) viajecito que debes echarte a Mérida, haciendo una muy errática ruta que incluye escalas en San Felipe _y ves cómo le convenía a Caldera haber sido adoptado_ para regresar a Barquisimeto quién sabe para qué y ves el Domo Bolivariano, que ese lo hizo Luis Herrera, según te dicen, y a ti qué te importa, si lo único que recuerdas de su gobierno es cuando terminó, ganándole Lusinchi a un Caldera Prechiripa y uno se picó por eso, aunque también se picara cuando, ya chiripero, con tu apoyo le ganara a ese palurdo palante… tim tum, tim tum… palante… y al Andrés aquél que siempre han llamado títere del tal zar de la tal CVG; y te picó que le ganara a Claudio, que tu abuelo admira a su abuelo porque en Margarita quién sabe que carrizo haría, excepto llamarse Fermín como casi medio mundo por ahí que no es Martínez, Salazar, Narváez, Campo, Del Campo, o sólo Campos, o Mariño, Marcano o Cedeño (caramba, ¡todos ellos tienen una calle a su nombre!); y picárate que Caldera también le ganara al Brujo del FEVO, por quien tus amigos te obligaran a votar sólo por hip value(con perdón) y resultas square(solicito su indulgencia) porque después del escrutinio oficial y final sólo aparece que el señor tenía un voto, y tú ya sabes bien de dónde vino.
Bueno, de Barquisimeto se van para Valera (irse hasta Trujillo hoy no vale tanto la pena, te confiesan como intimidad), pero de repente baja uno hasta Barinas, lo que no tiene sentido, y de repente cuando se van acercando a las puertas de la ciudad eres tú el que sale diciendo que tu tátara-tátara-tátara-tátara a la ene-abuelo la fundó cuatrocientos años antes de que nacieras y lo dices con mucho orgullo y presunción y esto te da toda la autoridad que necesitas para asegurar que Chávez es un maldito hampón y un maldito asesino y que cualquier maldito día de estos vas a agarrar al maldito desgraciado y lo vas a caer a golpe hasta dejarle los dientes derechos, pero nadie te oye (están dormidos) o te hace caso (se están jurungando la nariz) o no les importa (dice ser el chofer designado, no puede distraerse de la carretera ahora, cuéntaselo otro día), pero uno sigue en su orgullo familiar y espera ver tronco de ciudad, mira que la fundó mi tátara-tátara, etc., abuelo y eso corre en mis venas y esto debe ser más grande que Metrópolis; y cuando entras no encuentras nada, ni un caserío, sólo una carretera recta con repentinas curvas de elevada excentricidad, guijarros y grama, grama y grama.
Luego de atravesar los delgados caminos de montaña, oyendo los chillidos de los niños que creen que nos vamos a caer por el precipicio en cada curva que hacemos, llegas por fin a Mérida y no te atreves a mencionar que ese mismo tátara-ya-se-saben-el-cuento-abuelo fue también alcalde ordinario de la ciudad Emérita.
Allí no haces nada. Si te paras en alguna posada de montaña y estás muy gordo y los ojos se te cierran y llevas el pelo a lo Bruce Lee, lo más seguro es que aparezca algún marabino con la nariz roja de frío (estamos a 18 ºC) que te da diez bolívares para que le traigas hielo para el escocés y que te pregunta si tienes algún cachorro de mucuchíes que les regales, miráque necesitan uno para cuidar la casa que tienen en Lagunillas. ¿Sádicos? ¿Brutos? ¿Palurdos? No. Sólo son unos maracuchos.
Otra cosa es irse para Los Aleros, aunque no conviene mucho si ya has llevado a tus niños a Disneyworld, tendrán el prejuicio y medirán a los gochos con los negritos disfrazados de Minnie Mouse, y es que verdaderamente resulta desagradable ver que los animadores envejecen, que se hacen lentos y chochos, ya no es nada divertido verlos caer del autobús al pretender asaltarlo.
Lo verdaderamente divertido es pasarse por la heladería aquella que ya saben y pedir helado de ajo, ají, cebolla y pimentón y luego bajar hasta San Cristóbal a vender besos en la Feria de San Sebastián y conquistar a algún cucuteño que es o ciego o raro o que ha traficado coca durante demasiado tiempo, visitar el Museo de Rubio, hacerte un tatuaje chaborro mientras te caes de borracho y acceder a las amenazas de hacerte mula para que te den un pasaje gratis a Miami, que tanto lo extrañas (¡Mayami solía ser nuestro!, dices con ojos húmedos). Eso es todo por ahí. Más nada vale la pena. Lo único para lo que puede servir Mérida es para que te vayas a estudiar cine diciendo que serás el próximo Murnau o Lang, para luego regresar a casa cargado con los hijos de alguna gocha que conociste en una discoteca (o peor, en una biblioteca) y tus sueños de ser el siguiente Carl Dreyer terminan en operar para la OCI la cámara durante las alocuciones a la Nación del ciudadano Presidente de la República. (Imagínense qué le pasa a los que quieren estudiar lenguas y literaturas clásicas).
Decidimos volver a casa. De repente, según su idiosincrasia, les da por pasar por Iznotú y comprar cirios apestosos, pero a mí eso no me ha pasado. Lo que sí es seguro es el pinche de un caucho llegando a Paracotos.
Pero esa gira automovilística no es nada comparada con el gran viaje por carretera gringa. Te crees que vas a ser un Jack Kerouac y terminas viendo que eres Chevy Chase.
Salimos de Dénver y pasamos por Áspen y todo esos lugares llenos de blancos torpes tratando de esquiar y que te miran raro porque eres un moreno con un cráneo desproporcionadamente más grande que la mole achatada en los polos e hinchado en el ecuador que llamas cuerpo; te miran muy raro porque tus acompañantes tienen apariencia semita no ashkenazim y porque no vistes la ropa adecuada, llevando esa franela hawaiana (y te preguntas si eres jugador de boliche u homosexual… o las dos cosas… no son principios incompatibles), esas medias de algodón imitando seda como las de tu abuelo y esos zapatos Adidas Stan Smith de suela lisa que te hacen resbalar y resbalar y te resfrías porque tenías un hueco en ellos y el calor que te daba el pie de atleta hizo que se derritiera la nieve y empapado estás, tosiendo todo el camino, y porqué carrizo no traíamos cadenas para las ruedas, ahora nos quedamos atrapados en la nieve y tienes que improvisar y acampar y pasar la noche dentro del mínimo carro económico yugoslavo, junto con un bojote de personas que apenas conoces desde hace unas décadas. Ya muy tarde, cuando habías por fin conciliado el sueño, empiezan a saltar ciervos sobre la carrocería, pero tan rápido que no los ves ni los puedes fotografiar, así que ya no hay recuerdo para el álbum ni prueba fidedigna para demostrar que no tuviste la culpa y así no pagar los daños al que te alquiló el carro.
Por fin, después de helarnos y embarrarnos sacando el carrito, decimos que vamos a entrar a Utah, y mejor nos salimos, no nos vayan a hacer algo raro los mormones, porque eso de ser mormón suena a ser marciano, pero ni modo, nos metemos otra vez y nos volvemos a salir por si acaso, y se repite el mismo procedimiento unas diez veces y te fijas que se acaba la gasolina, ves el mapa y encuentras en él a la Ciudad I y cuando llegas es una ciudad fantasma derruida y oxidada que parece arqueología druida u occitana y dices que de repente llegamos a la Ciudad II y sí, lo consigues, pero también el pueblo resulta ser polvo y así estás que si vamos a ver si llegamos a alguno habitado con lo que nos queda y por fin aparece un pueblo que precisamente no sale en el Rand McNally ni recomendado por la AAA, siendo tan próspero y bonito que te parece Atlantis, Fiddler's Green, Shangrilá o Xanadú, pero no te puedes quedar más que para llenar el tanque porque tienes que seguir el plan de turismo establecido.
Buscando al Gran Cañón jamás llegas al Gran Cañón, pero al final no te importa, dizque, porque pasas por miles de cañones más bonitos, dizque, que el tan cacareado Gran Cañón, y es cierto, pero no te puedes convencer y te deprimes y ahora estás en los desiertos rocosos y coloreados de Arizona y no ves más que tierra rojiza y tierra rojiza (si los gringos se ponen a matar a los indios y a explotar el hierro de por ahí, nos fregamos acá abajo, pero te engañas, sólo es actividad hidrotermal, te dicen, sí, sí, sí, bien) y a coyotes que confundimos con perros y a navajos que confundimos con mejicanos de Ciudad Juárez, y te metes por fin moribundo a un motel que anuncia suites por $16, pero a la hora de la verdad tienes que pagarlos añadiendo no sólo el impuesto a las ventas estatal, sino también un impuesto federal por ser reservación indígena y un impuesto impuesto (cómo me gusta la cacofonía, la precipitación, la incoherencia, la redundancia y el pleonasmo) por la "Nación de los Navajos", que creen que están libres de leyes gringas y por lo menos deberían tener canales de televisión diferentes y abandonar de una vez el fastidio de las noticias sobre la muerte de la Princesa Diana: bien lejos allá que quedó aquel agosto, aunque de repente me hubiera interesado oírlo en lengua navaja, sería tan cómico; y opina uno que no deberían los indios comer también tostitos, atrás te preguntan si es cácher, y por qué se preocupan, si nadie les ha ofrecido. Te duermes por fin, después de tapar la mínima poceta estándar gringa, y cuando te levantas feliz por primera vez en un par de décadas, notas que ha caído una nevada de antología en medio de ese peladero sin chivos siquiera y hay que agarrar lo que encuentres por ahí para que te sirva de pala, desenterrar al carro y largarte, tienes que llegar a Las Vegas hoy mismo. Después de tal faena sales finalmente, llegas a Nevada. Sigue siendo puro desierto y no hay nada que ver excepto los alacranes con sus delicadas tenacitas enrojecidas por el frío haciendo alacrancitos de hielo a falta de nieve (porque Nevada no es nevada sino en la Sierra Nevada que creemos que es en realidad de California) y las únicas "oportunidades fotográficas" son las rocas junto al camino que parecen ser en realidad mafiosos bañados en cemento.
Ya es tarde en la noche cuando llegas a Las Vegas y suponemos que sólo funciona de noche y por ello no nos deprimimos, buscamos moteles y todos ofrecen camareras, masajistas y bailarinas desnudas y eso no puede ser, que somos muy religiosos (sepa algún dios de cuál creencia). Conseguimos hospedaje en un hotelito de una cadena grande, transnacional y aculturizadora y entonces no hay nadie desnudo: todo el diseño es estándar a través del continente, Hawai, Guam y Puerto Rico, aunque supongo que los alacranes están coleados. Por si acaso cerramos todo bien y salimos a parrandear. A mí todo me parece inmoral, hay juegos tragaperras hasta en los teléfonos públicos porque el que te caiga una llamada donde los gringos es un juego de mucho azar, para llamar al vecino tienes que construir más combinaciones numéricas que en un kino. Todo, todo, todo es inmoral, es de veras ridículo que los viejitos hallan trabajado toda su vida hasta los sesenticinco para que los manden a Florida a esperar cobrar su pensión para que entonces reúnan lo suficiente y luego cumplan su única misión y más alto deseo en esta vida: ir a Las Vegas sólo para jugar al bingo. La prostitución es legal y pierde todo su chiste y me niego a bajarme del carro en las torres de Babel que son cada uno de los grandes hoteles-casinos de la ciudad, con Tom Jones, Wayne Newton, Sheena Easton y cientos de imitadores de Elvis en cada metro cuadrado de construcción. Resulto herido y sigo en mis trece y no me quiero bajar y no pervierto mis perversiones y sigo siendo quien era, aunque mi verdadera razón para no bajarme fue mi corte de pelo imitando el rapado, la nueva cicatriz que recorre mi rostro, y la ropa tan fuera de lugar, que me hacían ver como un prófugo o un matón al servicio del gerente del casino y no quiero meterme en problemas, así que me quedo en el carro hasta que regresan los demás con los bolsillos vacíos y ahora nos tenemos que defender a punta de tarjetas de crédito, aunque no importa mucho porque al amanecer (después de despertarnos con el ruido en el estacionamiento del hotel de una pelea entre dos tipos disputándose puta)salimos para la tierra del Crédito y del Corvette (no serán autóctonos, pero los reciben como recibirían a un mejicano ilegal que trae consigo una nueva variedad de marihuana): la soleada Cálida Fórnax, como me dijeron que la llamara Cortés.
Por ahora sólo tenemos planeado pasar a través del Yosemite para subir hasta Reno (qué errático), para volver a bajar a Frisco, pero Yosemite está cerrado y se desbarata nuestro plan, salvado luego por las rutas alternas a través de la Sierra Nevada, y más bien nos contenta, porque el nombre del parque nos parecía una indirecta. Entonces atravesamos pasos montañosos que sobrepasan los cinco kilómetros y medio _o los seis, de una buena vez lo diré_ de altura sobre el nivel del mar y sólo hemos subido tanto en avión: es increíble que no nos diera mal de páramo, pero quizá fue porque andábamos muy despiertos y alerta, atemorizados por la visibilidad igual a cero debido a la lluvia, la nieve y la niebla, y es que a esta altura puedes ver angelitos por aquí y por allá: tal vez las almas en pena de los que se cayeron por el barranco en el resbaloso camino. Para empeorar la situación, a alguien _quizás a mí_ se le ocurre decir, echando broma _aunque con acento fiduciario_ que podrían haber de esos famosos osos y pumas comehombres y los niños atrás se ponen a chillar y les recuerdo que el Everest tiene sólo poco menos de unos tres kilómetros de altura más que este paso y se tiene que usar escafandra y a algunos le sale el Yeti o un Boddhisattva nudista levitando algo más que sus pies, y atrás chillan y chillan, van agotándose el oxígeno, supongo, y ahora chillaba yo, hasta que por fin salimos de la sierra y cae la noche, no sale la luna, no aparece el bravo Zorro, no aparece Reno por ningún lado y allí está el Tahoe y uno de los Corleone nada en su fondo pero nada de Reno ni caribú, todo es bosque oscuro tras bosque oscuro. A nadie le importó mi mención sobre lobos… y esta vez era en serio. Todos se duermen menos el chofer y yo, porque temo que precisamente él se duerma y nos estrellemos contra los árboles y me muera en un manto rojo de sangre para que aparezca el Lobo Feroz confundiéndome con la carricita aquella y temo que se viole mi cadáver analmente… a mí, que soy tan pichirre y estoy más con Plouton que con Ouranos.
Llegamos por fin a la civilización occidental/mundo libre: un Publix. Allí nos dicen cómo bajar a Sacramento, y qué manera de pasar el año nuevo. Ya de mañana llegamos a San Francisco y soy lo que llaman homophobicy había oído historias sobre Frisco por lo que jamás me bajé del odiado carro, pero no vi mariposas ni hippies, excepto entre Haight y Ashbury. Se les veía muy confusos, tratando de saber en cuál de las cuatro esquinas de la intersección había sido el asunto, y la verdad yo no sé cuál fue el asunto. El viejo se emociona por ver a sus dizque contemporáneos, de la era del Viet-Nam, el Flower Power y el Mayo Francés, pero sé que él era en realidad aún niño cuando el disco musicy los hippies ya estaban bastante lejanos, lo que no le quitaba crédito a su participación en la Guerra Federal bajo el mando de Zamora, pues me enseñó su cicatriz con una forma que recuerda exactamente al busto del mentado general.
Me pongo furioso, al sumirme en mis delirios paranoicos imaginé a los gringos robándose los conventos franciscanos de la zona, por aquí, que había pasado Fray Junípero Serra, pero no me acompañan los demás en mi protesta y quieren bajar a Los Ángeles y son unas cuatro horas por una carretera supercongestionada donde no hay nada que ver excepto el Pacífico tan quieto que aburre y tan sucio que huele a que ya se les viene el Niño y al ocasional McDonald's de carretera _pues hay muchas paradas a causa del obstinante tráfico_ y una eternidad después llegamos a LA y es una porquería, un asco, con la inversión térmica hace un calorón en pleno invierno, todo lleno de smog, lluvias ácidas repentinas, incendios, calles repletas de todo tipo de basura _desde papeles hasta personas_ y escombros. Todos los transeúntes _hasta los recogelatas_ piensan que serán estrellas de cine una vez que los descubran, pues ese es el quid, dicen que sólo falta que los descubran, talento no les falta, visión y entusiasmo no les falta, pero yo les digo que nunca se ve el condenado letrerito de Hollywood y en Beverly Hills no hay nada como lo que pintan Brandon y Brenda. Se te acerca un tipo calvo incipiente de gafas oscuras y chaqueta de cuero rojo con gran sigilo y te muestra algo que esconde en su bolsillo, sí, te lo enseña sólo porque eres pana y te lo da a ti, te lo cede a ti, mi amigo, sólo por $9,95, sí es el inhallable_porque te da flojera bajar allá a tan lejanas 60 yardas hasta la Drug Storea comprar el que venden allí_ y tan solicitado por todosmapa de las estrellas, sí, El Mismísimo Mapa de las Casas de las Estrellas de cine, que está ya tan obsoleto, mencionando las casas de Chaplin, Mary Pickford y Rodolfo Valentino. Sólo encuentras la casa de Dom DeLouise y Julio Iglesias y eso hace que me den ganas de pegarme un tiro y voy a una tienda de armas: La Bala Fría, y no hay pepitos, pierdo mi tiempo porque los míseros mejicanos y salvadoreños que atienden se niegan a hablar castellano hasta en los restaurantes que sirven fajitas, tortillas, tamales y tacos, siendo más gringos que Stonewall Jackson, al que no deben llamar jamás blues manni ocurrírseles cantar algo como:
Like a rolling stone
That just wants to be alone
The mason gets me and puts me on a wall
Now I will never be alone
With all those stones in the wall.
(horrible frase corta del saxo tenor)
And since the mason put me on a wall (baby)
I get the stonewall blues, so bad, uh-huh.
(una aun peor frase larga del saxo tenor, váyanse preparando pal coro),
porque los linchan aunque ellos tampoco sepan ni estén interesados en saber quién carrizo era el tal payaso Jackson, no importa, porque no saben ni quisieran saber ni permitirías que ellos sepan que tú sabes que el Sur resurgirá y esta vez va a ganar la Confederación. La cancioncita de todos modos era requetemala y siempre sale un negrito formalista diciendo que así no es como se hace, condenado blanquito al que le gusta robarse la música de los hermanos y envenenarla, mira que así son todos los blanquitos, nos quitaron el jazz, nos quitaron el R&B para llamarlo R&R y ahora nos roban el hip hop y sale Vanilla Ice y a quién se le ocurre dejar suelto a ése, sólo a los blanquitos, chico.
_ Ah remember the old good times man, when your white asses hadn't stoled our music man, an' we lived down the Delta all happy man, an' Barkin' Chihuahua played the harmonica an' sang the blues for us man. An' Ah remember that Drowned Kitten Johnson was with him all the time an' played a two string guitar an' he surely knew how to play the blues with that thing man. But he got shot in the shoulder by one of yours man, 'cause Unborn Child Lawrence, who was no player at all but always carried a new prettyguitar with him looked too much alike Drowned Kitten. An' when his Alabama cousin Borin' Joke Ellis, who played the bass for him for a while, stood up for him, the Klan wouldn't take it anymore so them lynched him man. An' all the shit was 'cause of Old Fart Miller said he had raped a woman of yours an' told it to Drowned Kitten when he was a-fishin' and the damn nigger got drunk an' made it into a song that he sang aloud in the street in front of a whites-only saloon. Later we found out that the whitelady of Old Fart actually was a seventy year old witch an' she was the one that raped Old Fart Miller, not him her man an' shit. An' you shot Unborn Child Lawrence for that and then he couldn't play anymore so you stole the blues man and here we have you singin' about a Stonewall Jackson an' Ah'm tellin' you Ah ain't never have met a blues man called Stonewall Jackson, man.
Y uno se defiende porque tiene miedo, yo sé cómo se matan entre ellos, como perros, así que tengo que dar razones, caramba.
_ Bat Stónwol Yakson was not a blus man, ji faited in de Cívil Wor an je…
Pero uno se detiene y uno sólo piensa: no, no, menos mal que no sabe al lado de cuál bando peleó Stonewall Jackson porque me reclama también lo del algodón, mira como le quedaron los dedos al niche ése, no me cae a golpes no más porque si le aviso a los pacos, se vienen de a cien mil y le desbaratan el barrio al negro buscando el culito de Rodney King, sabroso está.
Y me molesta que me sitúen entre los WASPs mas no me atrevo a dejarles saber de dónde soy, porque para ellos resultaría hombre de color, y yo me preguntaría dónde me lo vieron, ¿acaso alguien estuvo mirando para los lados en el urinario? Y de eso no puedo hacer reclamo, porque me llaman "homofóbico" y ahí si me hacen de todo.
La pasamos mal por ahí: nos acercamos a Venecia y a Malibú y todas esas playas y no se veía a ninguna jeva siliconada de Baywatch, sólo al Mar de Balboa embravecido conmigo y contigo y con vosotros también, pero aún helado por entonces, ¿ah, sí? Nada más espera que pase un año, nada más espera que venga el Niño Jesús, te voy a enseñar lo que es un Pacífico cuando está caliente.
Ni siquiera nos ponemos a gastar dinero porque nos parece excesivo el 8,25% de impuesto a las ventas de California comparado con el 6% de Florida y ya estamos hartos de ir todo el tiempo en el carro, hasta cuando atraviesas la oxidada Disneylandia, así que después de haber hecho que nuestros traseros aumentaran en dos tallas nuestros pantalones y que las piernas se nos atrofiaran a proporciones simiescas, terminó el viaje, nos fuimos a un aeropuerto a pasarla mal para ir desde Miami a Caracas, para por lo menos quejarnos en la patria, contándole el chisme a nuestras comadres, miren que es verdad, lo filmamos todo con la HandyCam, lo tenemos todo en Video 8 y los mejores momentos los imprimiremos en diapositivas para todos las podamos ver porque somos condescendientes con su retraso tercermundista bien de lo last que no se permiten lo que nosotros nos permitimos.
Ahora recordemos desordenadamente (acostúmbrense) algunos puntos que han hecho pesadillas de mis viajes: las pesadas maletas (y el inevitable aumento de su peso al regreso), el "no-vamos-a-llegar-a-la-hora", las colas, las listas de espera, los bebés que lloran por el dolor de oído, las azafatas que no te dejan pellizcar teta ni tentar falda y que gritan a través de altavoces en un seudocastellano de terror producto exclusivo de la enseñanza portorriqueña; el carísimo puerto libre, las aduanas, el gringo rednecken Inmigración que te recibe con un macarrónico «ParoMickey nuable spaniol» y a mí no me hace ninguna gracia: no le tengo ninguna estima a Mickey, prefiero a Donald, y luego el tipo me muestra de nuevo su vena cómica: no me deja entrar a su país porque cargo puesta una franela con la cara del Che Guevara y no es por mi culpa, a mí todavía todo me lo compran mi papá y mi mamá…
Te hace hervir la sangre la imposición de tener todas las vacunas, hasta la original de Jenner; Seguridad que registra a ver si cargas alguna bomba de neutrones en el cardigano drogas en el café y la Harina-Pan (no se te ocurra llevar Harina Juana, recuerda aquel chiste de Jaimito) que le trajiste a tus parientes expatriados; y ustedes no tienen idea de lo que enerva tener que decidir entre llevarse la mercancía en bolsa de papel o en bolsa de plástico, porque bien claro te previenen que no se permite shoplifting in this County, como si estuviera permitido en algún otro; los delfines saltando y brincando y emitiendo sus chillidos junto al barco y los pasajeros que agarran entonces una nota de ternura y se abrazan y se dan las manos y paz y hermandad y solidaridad y esperen a ver cómo se acaba todo eso cuando llegados a puerto están desesperados por desembarcar y son ellos quienes más saltan y brincan y chillan unos sobre otros; el sentarse muy apretado entre extraños, los baños de gasolinera y esos baños de avión que por fin uno nunca sabe a dónde va la caca; el precio de los tickets; el torno en la entrada que se enreda en tu ropa, te la arranca y te deja en pelota; el olor de los sobacos de quienes no consiguen un asiento y van parados…
Es de verdad terrible pasar horas y horas dentro de un carro, con las piernas dormidas y el trasero hinchado y la gente del asiento de atrás que nunca quiere callarse la boca y dejarte dormir o poner cierta estación de radio y el chofer que se duerme o que se pasa todas las señales de carretera; el sol pegándote en los ojos; las autopistas de un enceguecedor color blanquecino que refleja toda esa luz; los huecos y peraltes en la autopista que provocan saltos y sobresaltos y toda clase de respuestas inerciales que no te dejan dormir en paz; los mapas que nunca pueden volver a doblarse correctamente; los tediosos e interminables kilómetros y kilómetros de tierras sin montañas ni árboles que no te ayudan a saber cuál es el norte y el sur porque el sol no quiere colaborar excepto en primavera y otoño y en esa época resulta que no quieres salir porque o el polen o las hojas caídas te producen alergia, o porque el huevo de pascua o los dulces del día de las brujas, víspera de todos los santos, te produjeron indigestión desque eres intolerante a la lactosa…
Te sientan tan mal la mala música y la pésima comida; las enchiladas dulces que no tienen nada de dulce, los mariaches y las rancheras y la carne de perro y gato; el si este pedazo de galleta es cácher y/o vegetariano y/o New Age; la barbacoa de cortesía que te dan en el hotel: labios y párpados de cochino bañados en Hamburger Helper, que saben tan mal y que caen tan pesado (a pesar de que te sirven muy poca masa) que no puedes escapar del sabor dándoselo a otro porque la rubita que te acompaña dice que es trefar y te grita que recuerdes usar el yármulque frente a ella; el dormir en los pisos de moteles y aeropuertos; el canal de películas sin costo adicional en cada habitación que sólo ofrece "El Circo de Dumbo en Ciudad Gótica" y "Bert and Ernie Meet Cheech & Chong" una y otra vez a lo largo de las veinticuatro horas del día…
Y es que uno se revienta la cabeza preguntándose como a alguien se le pudo ocurrir un jacuzzi colectivo junto a la piscina principal del resort, ahora ofreciendo como supuesta atracción el que esté coloreado por el tinte morado que chorrea de la cabeza de la negrita aquella que bajó para acá desde Georgia; las prostitutas y/o camareras (no se pueden diferenciar) tocando a tu puerta preguntándote si quieres un blow job(y uno se cree que te están preguntando si quieres que le pasen la aspiradora al cuarto porque dejaste caer las migajas de tres paquetes de a doce Club Sociales) o quizá un hand job(crees que te están ofreciendo un manicurede cortesía); las toallas y los cubiertos de acero imitando plata, robados de otra cadena de hoteles; la llamada de cortesía con un letrerito enfrente que dice que recuerdes comprar bonos de fianza, que te permiten salir más rápido de la cárcel, como si fuera el juego de Monopolio®; la inexistencia de los bidés; esos condenados urbanistas gringos que no saben diseñar ciudades como Dios manda, construyendo a lo largo de una Main Street en lugar de en forma radial a partir de la Plaza Mayor y así una ciudad más grande que el Valle del Indo resulta que sólo tiene veinte habitantes; el jacuzzi en medio del cuarto que no sabes encender y lo inundas porque a esos miserables gringos no se les ocurre poner drenaje más que dentro de la ducha y te pones tan airado que le das un puñetazo a la pared y, como está construida con cartón, ahora tienes vista panorámica a la cama de la habitación del bahameño de al lado y te preguntas qué carrizo hace un bahameño por estas playas y sale la quinta rueda que resulta tu semisuegra citando el viejo proverbio ídich que dice «en casa de herrero, cuchillo de palo» y uno se pone mil veces más furioso y te tienes que ir al Walgreens a comprar Prozac o Nyquil o lo que sea que tengan o sirva, no sigan recordándome que no quise seguir en la Santa María…
Enfurece el que no te dejen entrar a Graceland con una franela de los Beatles; las tan prometidas Live Nude Dancing Girlsque resultan ser las viejas esposas de los jubilados que viven en el trailer de al lado; el coctel de cortesía (Kool-Aid servido en uno de esos vasitos para la crema del café); el show de monstruos cerca de la catedral con cochinos de tres ojos y niños lobos que al final no es sino falacia: eran pinturas sobre la acera, y por la decepción con tales efectos especiales te metes en una sala IMAX y se te revientan los tímpanos y te haces pipí por lo frío del aire acondicionado, lo que le resta efectividad a las llamas de la explosión donde acaba de morir el mejor primo tercero del protagonista, pero en cierto modo se siente real porque te llegas a creer que la grasa de las cotufas que embadurnan tus dedos es en realidad napalm y ayudas así a la continuidad del mundo libre (?!).
Odias al gordo Raúl de Molina y al gordo Raúl González, a Nelson Bustamante cantando a todo pulmón «calamar calamar que se duerme se lo lleva la corriente, ah no, era camarón»; a Matos Azócar y a Belén Marrero, a Vladimir Vera y a Juan Carlos (el de la Rumba Flamenca, que tiene cien hijos e hijas con cada una de sus bailarinas) y a Valentina Quintero sentados a tu lado en todo momento en el que se te ocurra agarrar un avión o un autobús o un taxi o tomarte una cocada; las bombas de bomberos que acuden como manadas de bisontes perseguidos por indios para ir a apretar hacia offel suiche del detector de humo de algún hombre blanco-maduro-divorciado-sin-niños-de-buena-posición-cristiano-renacido-seropositivo que decidió fumarse un último cigarrillo antes de comprarse el chicle o el parche de nicotina and then, kick the habit 4ever; que no te dejen hacer de mula y caramba, maldita sea, tan bien dotado que estabas para hacer ese papel; los policías que te paran porque no les gusta como el cirujano dejó tu nariz y te caen a rolazos y a tiros y te llaman marielito o espalda mojada y te gritan So sue me!; el compatriota que es astrofísico con un Ph. D., que emigra para trabajar disfrazado de Mickey y/ocepillando las pocetas en Denny's y dice pasarla bien y te muestra ese mamotreto de Harley Davidson que se compró este año. Te enseña su Green Cardcon más orgullo que su título, que ya no vale nada no por inequivalencia o inutilidad sino porque a quién le importa si no te puedes sentar con él a ver _cerveza piche y helada en mano_ el Rose Bowl o el Super Bowl o lo que sea de ese juego espantoso que por alguna misteriosa razón llaman fútbol.
Deprime a tus maletas el que no puedas llevarte a tu casa cualquier bicho extraño o semilla que encontrares; el vago de tu tío allá lejos cómodo en casa que te encarga mil cajas de Belmont y otras mil de whisky dizque escocés; los cupones de descuento y cortar los cupones de descuento y sólo cortar los cupones de descuento debido a la tremenda rebaja, pero para qué carrizo compraste esos sostenes de vinilo… y es porque tenías cupón… pero no te hacen falta para nada, y sería muy grosero regalárselos a mi señora allá en la Facultad… bueno, de repente alguien los quiere: mira que son push-up…
Te asustan los mosquitos que parecen micro-humanoides extraterrestres que te preguntarán si has visto a Vincent Price por ahí; los pájaros, bichos, bestias y matas raras que de repente te pueden saltar encima y comerte; los coyotes que se te atraviesan en medio del desierto y el chamito de atrás que dice qué lindo ese perrito, me lo quiero llevar pa' Caracas; los maracuchos nuevos ricos que llaman venados a los okapis y se ponen las manos en las cabezas y cantan en tan divina ocasión "El Venao"; los colombianos que llaman perdiz al ibis y le tiran cotufas y trozos de salchichas alemanas; el demonio caraqueño nacido en la era del Disco y que no tiene nada más que hacer sino escribir estas líneas y comprar Alka Seltzer para tirárselo a los inmensos córvidos y agresivas gaviotas para ver qué carrizo les pasa cuando explotan; los mapaches que jurungan tu basura como paparazzi asolando a los Kennedy; el que en cada charca haya de esos repulsivos tritones con el nombre risible que los muy indios no logran distinguir como el mismo bicho en su forma adulta metamorfoseada de su forma larvaria; las abejas asesinas que se aproximan a esta vecindad y huyan y huyan y huyan pero que no haya pánico, para su seguridad utilice la Ruta del Sol, marcada y rotulada con _qué iba a ser_ un sol, pues no debe utilizarse la marcada con un ciclón, pues esa es _¿qué tan imbéciles serán?_ para ciclones _por supuesto_.
Te entristecen y molestan el bojote de desahuciados, los blancos lechosos y rubios y pelirrojos y con los dientes torcidos y las orejas a modo de antenas si son británicos (es natural, siendo el RADAR producto de ingenieros ingleses), y los negros y amerindios e indios de la India y mediorientales, todos ellos sin mezclarse, puros que dan asco, y sobre todo te molestan esos repulsivos portorriqueños: ¡únanse a los gringos de una vez! ¡dejen de hablar así el castellano!; los crédulos leyendo los titulares informando sobre la última aparición de Elvis esta semana en un bar kareoke para lesbianas en Duluth, Minnesota; los brasileños que como turistas parecieran maracuchos que caminan como hemorróidicos escapados del infierno bastante pasados de tragos y que pasean en manadas uniformados según vengan de una favelao de otra, creyendo que todos los días son carnaval al tratar de arrancarle el sostén a la negrita que reparte volantes frente al Centro Comercial en ese cochino clima soleado de 43 ºC; los homosexuales, sean maricos o lesbianas: los unos te hacen invitaciones y las otras te echan maldiciones: ambos grupos molestándote sólo porque naciste con algo bonito colgando en la entrepierna.
Me sacan la piedra esos gringos diciéndote latino cuando lo único latino que tienes es que hablas una forma dialectal del latín que llaman castellana y que me niego en mi cabeza a llamar español pero que siempre lo llamo así en la conversación, además de que la religión en la que me bautizaron es latina, fundada por un semita, pero de latino más nada creo que tengo: tal vez una pizca del temperamento sanguíneo con el que los han estereotipado, pero que en mí es seguramente resultado de la testosterona y la esquizofrenia; los cubanos anticastristas y los indios con pinta de shamanes resentidos que conocen el secreto de las artes mágicas negras y que si son aztecas te ven el pecho como si fueran el Dr. Barnard y los sesos como el Dr. Cushing; y los gringos que piensan que todos los que hablan castellano son mejicanos y que Carmende Bizet es una obra tradicional que todos nosotros, "mejicanos" que capoteamos toros, nos sabemos desde la cuna, sobre la que comemos frijoles y bailamos rumba flamenca dando el tratamiento hasta a los peluches y a los perros de "señor"; los negros como la noche que hablan como si tuvieran una colección de golondronas en la boca, y los alemanes que no saben localizar sus propios pies, preguntándote en forma de cuasiamenaza: «Gardeén potánikho?», cuando uno entiende perfectamente un «Botanischegarten?» _bueno, confieso que no sé en un 100% si será así_ y se es capaz de responder con un «Dort», mostrando que tienes el letrero justo detrás de tu espalda; los brasileños dueños de tiendas donde te quieren cobrar sus pedacitos de vidrio y espejitos con los órganos de tu cuerpo, el Have a nice day!y el óraley el manoy el manitoy el padrey el repadrey el padrísimoy el repadrísimoy el ándaley el bueno?y el dzí dzí dzí dzí y el hijo er diabloy el llámame er juevey el al tiroy el la pucha digoy el llamar arepa a una cachapa tan gruesa como el caucho de un camión del aseo, cubierta con mozzarella en vez de estar rellena con queso de mano; el tipo que llega tarde para manejar el carro de la Carpool; el bojote de chamitos mongólicos y/o con labio leporino (sólo dos naciones pueden ofrecer tan impresionante show de afectados con múltiples deformaciones genéticas: EEUU e Israel); las viejitas pagando la comida del gato centavo por centavo a la cajera del Wal-Mart; la cantidad de veteranos de Viet-Nam mutilados, infectados con el Agente Naranja, que tatuados y alienados escarranchan las vocales, y otros chamitos afectados por el Síndrome de la Guerra del Golfo y los muy estúpidos no se dan cuenta de cómo se les pegó…
Se te hace tan extraña la maldita Political Correctness, es una cosa tan rara el que pase el camión del aseo cada dos semanas para que la gente no bote tanto, y el hágale un favor a su nación y recicle y no compre propano ni atún ni gasolina venezolana; el tener que ser circunciso para salir con la hija de Morris, cuando resulta que sólo voy a estar aquí dos días, sólo la quiero preñar y luego me pierdo, con suerte no nos volveremos a ver; el tener que visitar a parientes y amigos ha tiempo perdidos o totalmente desconocidos y todos en la casa, hasta el loro, apoyando al PRI oyendo al TRI; las pilas de cajas de condones y kits de pruebas de embarazo de mil y una marcas diferentes en oferta en el Eckerd y uno que se pregunta si podría fiarse de tan misteriosas rebajas; el sistema anglosajón mezclado con el sistema avoirdupoisy el cambio de moneda, el horario incoherente con el sol, la existencia de un invierno y un verano, ¡qué cosa horrible!, un rato helado, un rato hirviendo; la arena y el pegostoso aire saturado de salitre, el tímido Orinoco que no quiere mezclarse con el Caroní y la niebla y las lluvias de meteoritos y las tormentas tropicales y los ciclones, tifones y huracanes, los escombros del terremoto del mes pasado acumulados sobre los escombros de los del mes anterior sobre los del anterior a ése y así hasta llegar a los tiempos del gobierno de Echeverría o Johnson; la altura de la ciudad que hace que te sangren las narices mientras la contaminación sobre ella crea una nueva ionósfera y así puedes oír la radio sin tener que enchufarlo o ponerle las pilas cuando vas tosiendo por las calles, atravesando paseos, mirándole la entrepierna a la Diana, preguntándote cuándo termina el zócalo, buscando en vano algo de aire para tus agotados pulmones en la más mejicana de las plazas: Garibaldi, el que según Franco De Vita era gran amigo de Bolívar; la muchachita parada cerca de la cabina para probarse vestidos en el Target a la que no puedes sonreír ni picar el ojo porque te mete una demanda de acoso sexual y resulta que esa era precisamente tu intención y tienes que sumarle millones de dólares al costo del preservativo que habías comprado para la gracia…
Y creo que con esto basta para dar alguna pequeña idea. Con ella sólo llegas a una conclusión: no hay lugar como el hogar. No hace falta hacerse amigo de Dorothy para saberlo, no hace falta tener el olfato de Totó para saborearlo. Sólo necesitas volver a casa.
Y es que tú estabas ahí.
Es una maldición pernoctar en casa ajena durante los viajes. Además del fastidio de dormir entre un gentío, a cierta hora, ¿dónde consigue uno un baño? ¿dónde uno vacante?
Tanta gente en la casa. Me siento culpable. Fui yo quien tuvo la idea de caer donde un bohemio amigo mío, que heredó esta curiosidad de una tía. Es casa libre, aquí entra quien quiera, vente. Necio acepté e invadí la edificación como gringo a Normandía.
Ahora sólo yo soy autor de la lucha que libran mis esfínteres. El único culpable de haber traído a todo mi núcleo familiar y coleada a una familia amiga de mi viejo. Unas diez personas. Luego están el anfitrión y su novia (en duda la honra de mi amigo: ella con apenas dieciocho duerme con él; pero ya dejamos atrás la señal del Canal Católico). Al parecer mi posadero tiene más gente en lo que él llama ático, construido sin permiso de los bomberos.
Desespero. No aguanto. Hay, que yo sepa, tres baños: uno abajo de visitas, tomado por la mujer del amigo del viejo; no irrumpiré: no es de las que ataco… y va pa' rato. Corro a otro baño, común a los cuartos de arriba. Cerrado… no sé quién lo ocupa… Tan "necesitado de alivio" en puntillas me lanzo donde mi amigo para usar su baño.
La puerta trancada. Se oyen jadeos _mira que hacer eso ahora. No deseo estorbar, sería mi muerte embarrado en mis excreciones. Qué remedio, subo las escaleras hacia el ático. Con suerte habrá otro baño.
La puerta está abierta. Veo sólo dos cuerpos inertes sobre un colchón tapados por una sábana… me muero…
Mas, en el rincón junto a la puerta, he una egregia poceta. Pero recibo por tantas gracias tantas penas como faquir en tienda S&M: el sucio ventero la puso cual si poceta de preso se tratara, sin privacía. No me sentaré aquí, hay público… ah… la necesidad apremia… ¡qué importa! Serán tan bohemios como el hostelero… estarán embotados en anís… quizás son cadáveres de viejas esposas… importante es que no sean pederastas, y no creo que mi hospitalario amigo sea tan generoso, así que tome asiento, caballero.
Ah, alivio… he visto el Cielo… Ando ventoso y por mis gracias veo moverse a uno de los cuerpos. Me atrapas con los pantalones caídos como la cascabel y el alacrán atacando la humanidad del charro bien comido… ¡no, no te levantes, no he terminado! Ya veo cabellos rubios. Juego al rabipelado (perdón, léase zarigüeya) y me quedo quieto en mi labor (piedad, estoy bajo presión… tampoco quise decir eso).
Cae la sábana y se descubre una muchacha de adorable rostro y deseable cuerpo.
Trago saliva.
Parece desorientada. Tal vez me creerá un sueño simbolizando sus chascos con el sistema sanitario, pero bosteza, se estira y fija su mirada en mí.
Trago saliva de nuevo, pero sigo quietecito en mi obra (perdón).
Me mira con risueña curiosidad navideña y me sonríe gratamente, me saluda con su mano, se acuesta, abraza a su compañero y sigue durmiendo.
¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo pensar? ¿Me habrá confundido con algún duende que le dejaba un regalito?


